Sin tráfico, no hay contaminación.

Como reza el dicho, “muerto el perro, se acabó la rabia”.

Sin tráfico, no hay contaminación

Una máxima que parece querer implantarse en las ciudades del siglo XXI, núcleos urbanos que acusan, cada vez más, el azote de la polución producida no solo por las calefacciones centrales de grandes edificios, sino también por la preocupante cifra de vehículos propulsados por motores diesel que ruedan por las calles, es decir, casi todos de unos años a esta parte. 

Sí, porque la administración parece haber fomentado el uso de este tipo de motores en los coches que llevamos comprando más de 20 años. Con un combustible en su momento claramente más barato que la gasolina, la decisión era evidente. Si a esta política le sumamos la creciente demanda de este tipo de coches, cada vez más desarrollados para ofrecer más potencia, incluso reduciendo al tiempo el consumo, lo extraño hubiera sido que el consumidor, preocupado por las altamente nocivas emisiones contaminantes de su motor diesel, diera la vuelta a ese ahorro para pensar en el mundo que dejará a sus hijos y comprara un coche híbrido, muchísimo más caro que el gasoil que le están metiendo entre ceja y ceja. 

La paradoja vuelve a aparecer en nuestras vidas como si se tratara de un castigo que, en el fondo, parce serlo pese a lo cual, ni siquiera con ello parece que aprendamos de nuestros errores. Así, en un mundo cada vez más preocupado por el cambio climático, seguimos dependiendo totalmente del petróleo. En un planeta en el que las catástrofes naturales cada vez son más numerosas y dañinas, continuamos explotando este combustible como auténtico motor de nuestras vidas. Ahora bien, ¿dónde están los puestos de carga rápida para un aparato, coche o moto, dos, tres o cuatro ruedas propulsado por un motor eléctrico? ¿De qué autonomía disponemos si, pudiendo cargar nuestras baterías en casa, rezamos para volver al hogar sin quedarnos tirados por la imposibilidad de “chutarle” a las baterías en el trabajo, de camino al restaurante donde comemos a medio día o donde sea que nos pille necesitados de energía? 

A todo ello, suma y sigue, pensemos en lo que supondría prescindir del “establishment” para generar y beneficiarnos de nuestra propia fuente energética. Nuestro país fue pionero en el desarrollo de energías renovables pero, claro, las grandes eléctricas pusieron el grito en el cielo y, como consecuencia, surgió el denominado “impuesto al sol”. Otro ridículo más que genera la sociedad o, mejor dicho, los gobiernos abocados a ciertos intereses que marcan los pasos del pueblo en pleno siglo XXI. ¿Seguimos tropezando con nuestros propios errores? La respuesta es clara. Alguien, algo, grupos de poder o como quiera llamarse, prefieren que nos ahoguemos con nuestros propios humos a que ellos pierdan una “merecida” posición de privilegio, sus grandes sumas de beneficios a final de año, sus prebendas en un sistema claramente corrupto, trasnochado, asquerosamente manipulado o como se quiera denominar. La evidencia de la propia realidad lo sacude todo. El nombre lo pones tú.

Mientras tanto, continuamos con la falacia de restringir el tráfico que accede a la ciudad. ¡Ah, que el transporte público está para resolverlo! Sí, sí, claro… Pregúntale al ciudadano que se come una hora y media desde donde puede pagarse una casa hasta el lugar de trabajo. Seguro que te dirá que va cómodamente instalado en un asiento, sin retrasos ni incidentes, ni… dinero suficiente para llenar el depósito de su viejo utilitario diésel para acercarse al trabajo. Lástima que no pueda hacerlo, aunque ya están evitando que piense en ello, simplemente porque su coche, decente cuando lo compró, altamente tóxico 15 años después, ya no podrá acercarse ni al parking de la empresa. ¿Y qué tal un scooter de 125 cc? Si también restringen el acceso de motos a las ciudades, habrá que pensar en un contubernio judeo-masónico de altura. ¡Viva la sociedad moderna! ¡Viva la economía de consumo! A veces parecemos lo que somos.

Volver al listado de noticias